lunes, 18 de enero de 2010

Prada: dejándose de experimentos


No hay quien entienda a Miuccia. Ya no sabemos si sus colecciones son comerciales, conceptuales o WTF. Supongo que tendrá una confianza infinita en sus zapatos y bolsos, y en las lucrativas licencias (pese a que las colecciones de óptica, por ejemplo, no son dignas de la marca, y la perfumería nos gustaría que compitiese contra Comme des Garçons, y no contra Dior), para ser tan volátil en lo que a ropa se refiere. Su colección de hombre para el próximo otoño es, si la comparamos con las anteriores, un aburrimiento. Pero también es cierto que desde hace ya unas cuantas temporadas costaba encontrar imágenes del desfile que nos provocasen ganas de ir a una de sus tiendas y comprar como locos. Aquella colección de camisas abotonadas atrás, cinturones-tanga y falsos desnudos en prendas de color carne sería muy bonita como concepto, pero comercialmente no sé qué fue de ella. Su equivalente femenina, la alucinante "Back lace", tres cuartos de lo mismo. Crearon tendencia, sí (más para mujer que para hombre, la androginia vendida tan salvajemente no suele calar, lo de Hedi Slimane es otra cosa), pero no sé que dirá de ellas el controller financiero de la división de trapitos de Prada. En esta colección nueva, parece que Miuccia y su equipo juegan un poco al despiste, con ropas aparentemente anodinas, pero con detalles retorcidos, marca de la casa, como los cuellos difíciles (aunque no os extrañe que esa forma maxi y tan poco favorecedora marque la temporada...) y los juegos de proporciones. Todo mucho más sutil que en temporadas anteriores, muy parecido al Prada de hace casi diez años, el previo a la conceptualización extrema. En definitiva, una colección muy "americana", más de la pasarela neoyorquina que de la milanesa, con ciertos toques quizá demasiado Missoni y un claro acercamiento a las posturas de la extinta línea masculina de Miu Miu. Eso sí, esta vez sí que he localizado unas cuantas cosas que quiero tener, aunque, dados los precios, yo también tendré que ponerme límites.

domingo, 17 de enero de 2010

CP Company: lo quiero todo

Las americanas de tejidos tecnológicos de CP Company son ya un clásico, como las gabardinas de Burberry. Y además, son bastante más prácticas. CP es una de esas marcas que son consideradas muchas veces como "de segunda división", frente a los Guccis y los Bottegas. Su caracter eminentemente comercial y su renuncia a reinventarse dramáticamente la convierten, como a Y-3 o a G-Star en una "marca menor" para algunos, cuando la realidad es que sus números tienen pinta de ser mucho más saneados que los de las empresas de algunos diseñadores que por cada crítica elogiosa reciben tres notificaciones de impago. Pero poco a poco CP Company va escalando puestos y, mientras sus prendas se venden como churros, sus colecciones (diseñadas curiosamente por un discípulo de Galliano, el rey de las colecciones de pasarela comercialmente estériles) dejan de parecerles una anécdota sin importancia a los que hasta hace nada consideraban esta marca como un mero proveedor de prendas técnicas de calidad, incapaz de competir con Zegna o Prada, por poner ejemplos de dos marcas que siempre han tenido claro que las prendas de abrigo prácticas y cómodas son importantes, pues no todo son esmóquines de terciopelo o accesorios de pieles exóticas. Ahora que empezamos a ver las colecciones para el próximo otoño, la de CP Company es, como viene siendo habitual, de lo más apetecible. Claro que, todos sabemos que hasta que Miuccia no abre la boca (cosa que hará esta misma tarde) hay que andarse con pies de plomo, porque como la mujer diga plástico y estampados tiki, por ahí iran los tiros dentro de unos meses...



sábado, 16 de enero de 2010

moderno y con hambre

Moncloa no es Williamsburg, por desgracia para los que llevan ahora la famosa (sí, ya lo es) cafetería HD, penúltima sensación hostelera del modernerío madrileño. Una cafetería-cafetería, con su formica y su mierda por todos los sitios, reconvertida (conceptualmente, porque materialmente poca "re" se ve en el sitio) en una especie de bistrot-hamburguesería pensado para que lo frecuenten muchas All Star, pitillos (de los de vestirse con ellos y de los de fumar: sí, desfraciadamente se puede fumar aquí), gafas de pasta, barbas (¿cuándo va a terminar el reinado de las barbas? Quizá nunca, pues consiguen que tíos francamente feos tengan una segunda -incluso una tercera- oportunidad) y trapos comprados en tiendas de segunda mano y combinados con zapatos de Miu Miu. Esto último también es teoría, porque, insisto, por bien que se coma (no se come mal, eso es cierto, si te abstraes de la sensación de poca higiene que lo domina todo), HN no es Florent, HD no es Pastis y HD no es el Corner Bistro (qué maravillosas hamburguesas servidas en qué platos de plástico tan terribles...). Ser moderno es cansado, caro y arriesgado. Yo creo que me hago mayor, porque cada vez me cuesta más pasar por estos aros, aunque si son de cebolla sigo sin poder resistirme a la tentación...

viernes, 15 de enero de 2010

¿a qué huele Margiela?


Tampoco es tan dramático. Tras la salida misteriosa, dramática y un poco infantil del misterioso dramático y un poco infantil Martin Margiela de su propia firma, estaba claro que Renzo Rosso, dueño del invento desde hace unos años, pisaría el acelerador y convertiría a la máquina de hacer dinero potencial en una máquina de hacer dinero real. Posiblemente la forma y el timing del abandono del propio Margiela sea más una estrategia de marketing que otra cosa. Un "y ahora es cuando vamos a sacarle rentabilidad a esto" del que no se debe culpar ni a Rosso ni a nadie, porque cuando uno pone, compra o financia una empresa lo hace a cambio de beneficios económicos, y no de una página bonita en las enciclopedias del futuro. Sin embargo, como la página de Margiela ya estaba asegurada desde hace años, existía la opción de que Rosso (o Diesel, o el Diesel Group, realmente da lo mismo) mantuviese a la Maison Martin Margiela como fortín inexpugnable de creatividad extrema y arty, y la financiase con los tremendos beneficios que desgraciadamente parecen generar las colecciones de los horteras hermanos Caten, pues su marca DSquared es también parte del imperio Diesel. Parece que no fue así y Margiela no será sólo un capricho exquisito y deficitario, sino que intentará ganar dinero por sí misma, que para eso está en boca de todos desde hace ya mucho tiempo. Primero fueron las colecciones "demasiado comerciales", luego las "demasiado a la moda", luego la conversión de el logo-no-logo más logrado en un logo-logo-logo cansino y ahora, el consabido perfume, que primero se lanzará en Colette (cómo no. Algún día hablaré de este lugar límite) y luego su distribución se extenderá progresivamente. No sé a lo que huele, pero eso es lo de menos. El packaging es muy neo-Margiela (es decir, un poco una parodia del Margiela original y maldito), pero el concepto, una licencia lucrativa y rápida, es el de siempre. Supongo que se habrán hecho bien los números, y los ingresos por la venta del olor este compensarán los que se pierdan al popularizar demasiado la marca y quitarle (si es que aún lo tiene) su aura, conseguida tras muchos años de trabajo. Margiela ha muerto, viva Margiela.

miércoles, 13 de enero de 2010

elegí mal día para ir de rebajas

Otra de las cosas que me han traído los reyes magos ha sido una mañana de compras sin remordimientos. Y en rabajas, para más inri. Tras mi jornada rebajera barcelonesa, tan lógica y reflexionada, tan de fondo de armario, una segunda, madrileña, en la que voy a comprar no guíado por el cerebro, y ni siquiera por el corazón, sino siguiendo los dictados de a saber que órgano loco, porque si no no se explica que, a mis años, y a estas alturas, haya adquirido una camiseta de Baby Milo con el monito en cuestión acompañado del insportable Bob Esponja. Uno es fan de la esponja (y más aún de Calamardo), pero reconoce que este tipo de ¿merchandising? no cuadra con tener treinta y tantos. O no debería. Pasemos a la segunda compra absurda: unas gafas con la firma de Davidelfín, fabricadas por un productor regulero (ya podrían ser de Marcolini, o de Luxottica o de -preparen sus tarjetas de crédito- Linda Farrow) y bastante de medio pelo, la verdad. Compra impulsiva total y subidón de endorfinas automático. Tengo un par de cosas de esta persona-marca que me gusta y enerva a partes iguales. Es posible que él, que en el fondo fue de los últimos en llegar, sea uno de los pocos diseñadores de moda españoles que pueden permitirse el lujo de llamarse así. Diseña ropa y accesorios que vende (o no, ése es un problema) en una tienda real, con precios bastante reales y un nivel de estilo-concepto-ejecución que, tal y como están las cosas en el sector, no está nada mal. Que sea un fusilador descarado de diseños ajenos, que crea que él es el único que lee y va a exposiciones, que sus colecciones, en conjunto, nunca hayan despegado y sigan siendo inmaduras y obvias o que se centre en un mercado que posíblemente no exista en realidad es un poco lo de menos. Al menos entiende que la moda es deseo y fetichismo, seducción y artificio, realismo y sueño. David Delfín es una persona real y una empresa real, no sólo un mero recolector de subvenciones que, temporada tras temporada, se ríe del contribuyente desde el backstage de un desfile provinciano de la Pasarela Cibeles.

martes, 12 de enero de 2010

frío y caliente

Normalmente, en esta ciudad (hoy escribo desde Madrid) no hay demasiados días al año para plantarse la McMurdo. Suelen ser los justos para justificar la compra de tal prenda, para amortizar no tanto lo que cuesta (que no es tanto, y mucho menos si tenemos en cuenta lo efectiva que es contra el frío y las siguientes líneas de este post) sino el espacio que ocupa. Cuando uno vive en 35 metros cuadrados (no es mi caso, pero podría), uno tiene que elegir entre la McMurdo y un cuatro cajones en el armario. Pero este año, los afortunados propietarios de uno de estos abrigos han visto su inversión más que compensada. ¿Cuántos días de frío polar llevamos ya? Ayer, cuando desembarqué del AVE (una hora de retraso, algo completamente asumible dadas las circunstancias, más aún para alguien como yo, que ha pasado años soportando los crueles mangoneos del puente aéreo), sólo deseaba llegar a casa para cambiar mi absurda cazadorita por algo con más enjundia. Clothing as protection, como diría la Kawakubo. En días como estos uno agradece no ser mujer, y verse tentado de jugarse la vida enfrentándose al frío enfundada en algún modelito supuestamente invernal de Balmain. Lo que hace el señor Christophe Decarnin para esta marca es a la moda lo que “True Blood” a la televisión, es decir, un producto de enorme calidad asentado en un concepto que no podría ser más terrible. ¿Mal gusto consciente? ¿Buscada vulgaridad? Decarnin ha cerrado el círculo y ha hecho que los extremos se toquen. Las pobres furcias de las calles de Laos, que no han elegido ni ciudad ni profesión, se visten igual que las ricas herederas neoyorquinas que sí eligen: Balmain y más Balmain. It’s Balmainia out there. Desde luego, una mujer vestida con estos modelitos llama la atención y provoca erecciones, pero a costa de perder toda la dignidad. Toda y más si somos conscientes del precio de lo que lleva puesto. Cathy Horyn está convencida de que parte del atractivo abismal de la firma son sus desorbitados precios. Balmain es en sí misma un logo gigantesco (en forma de prenda muy pequeñita, eso sí) que dice que el dinero te sale por las orejas y que puedes permitirte que te pierdan el respeto al verte vestida así porque, con tu enorme fortunón, puedes volver a recomprarlo (el respeto) todas las veces que quieras. Y que llegado el caso podrías permitirte el lujo de salir a las calles congeladas así de mal (y poco) vestida, rodeada de esclavos portadores de estufas de queroseno portátiles.

domingo, 10 de enero de 2010

mal invento

Lo impensable. Una película protagonizada por Ricky Gervais y con apariciones de (atentos) Tina Fey y Jason Bateman no es graciosa. Bueno, un poco sí. Pero el resto del tiempo es cursi, muy cursi. Y mala. Peor: es mediocre, ni siquiera es disfrutablemente mala. “The invention of lying” aún no se ha estrenado en España. Si yo no la llego a ver por mi cuenta antes, no me la habría perdido el mismo día de su estreno. Y habría salido del cine echando pestes y diciendo que nunca más. Igual que la otra protagonista de la peli sea Jennifer Garner (esta chica no encuentra su sitio, o, lo que es peor, se lo intenta robar a Jennifer Aniston, ¡cómo si la Aniston tuviera uno, ja ja ja!) me debería haber escamado. Pero claro, ella también salía en "Juno" (con Bateman de marido, acordémonos) y además era de lo mejorcito (sólo a mí me pareció precioso su “If you’re in, I’m in”?), pero aquí, haciendo de espejismo romántico del Gervais...